Con el motivo del estreno de 300, basada, como ya sabéis, en la novela gráfica de Frank Miller, tanto al autor de este augusto blog como a un servidor nos ha parecido conveniente mostraros lo que ocurrió históricamente en los años en que esta basada la novela. Con esto tenemos el objetivo de ilustrar a nuestros lectores una vez hayan visto la película, o que hayan leído la novela anteriormente, sobre los hechos tan importantes y a la vez tan emocionantes que se vivieron en Grecia durante el periodo conocido como las Guerras Médicas, entre los años 500 y 479 a.C.

Me limitaré a narrar meramente los hechos y sucesos, sin pormenorizar en asuntos económicos, sociales y culturales, que sin duda poseen gran valor, pero que para lo que nos interesa ahora no veo conveniente incluirlos y que me reservo para otros artículos.

 

Todo comenzó en los albores del siglo V de nuestra era. El imperio persa se extendía desde el Océano Índico hasta el Cáucaso y desde Asia Central hasta el Mediterráneo. Un abirragado mosaico de pueblos, lenguas y culturas formaban los territorios conseguidos por los antecesores de Darío I, a quien le toco su organización. Estos fueron Ciro II “el Grande” y su hijo Cambises.

Pero vallamos al grano. Aunque las tensiones entre griegos y persas ya se hacían latentes desde hace años, la chispa que encendió la mecha la encontramos en la rebelión de las polis griegas de la región de Jonia (región del oeste de la península de Anatolia que da al mar Egeo) Esta zona sucumbió al poder persa durante el reinado de Ciro II, concretamente tras el año 546 a.C., cuando fue conquistado el reino que hacia de barrera frente a los persas, Lidia, con capital en Sardes, que se convirtió en otra más de las satrapías del imperio. Los griegos de Jonia, que al principio acogieron con resignación las imposiciones de los persas, vieron privado su sentimiento de libertad, sobretodo por que los persas mantuvieron el sistema tiránico en las polis, hecho que causaba cierto resquemor ya que en la Grecia continental en esos momentos se estaba atravesando el paso del a tiranía a la democracia. Así pues, según Heródoto, Aristágoras, tirano de Mileto (tras fracasar con ayuda del sátrapa en la conquista de la isla de Naxos) se levantó contra el domino persa y empujo a la lucha común por la libertad de toda las polis jonias. Tras los éxitos iniciales (como la toma de Sardes), que provocaron el levantamiento de otras muchas zonas del imperio persa, la rebelión fue aplastada sin miramientos, debido a la falta de cohesión y de ayuda de los griegos continentales (solo Atenas y Eretria enviaron algunos efectivos, más simbólicos que prácticos) En 495 a.C. la flota griega fue derrotada en la isla de Lade y al año siguiente Mileto, instigadora por antonomasia de la rebelión, fue asaltada y tomada, siendo reportados al interior de Mesopotamia los supervivientes.

 

El Gran Rey Darío I no podía tolerar este acto de sedición, así que decidió castigar a los griegos del continente por su ayuda prestada a las ciudades jonias. La verdad, y como es evidente, es que ya era hora de que los persas pusieran los pies en Grecia y la sometieran de una vez por todas, ya que era el único territorio que se le escapaba a los persas y a su visión del imperio universal. Así pues, Darío comenzó la preparación de un gran ejército que llevara a cabo dicha empresa. El yerno del Gran Rey, Mardonio, marchó sobre Grecia atravesando el Helesponto en el año 492 a. C. apoderándose sin problemas de Tracia y de Macedonia. La flota persa en cambio naufragó cerca de Atos, en la Calcídide. Pese a este traspié Persia estableció una fuerte base al norte de Grecia, de donde mandaría sus expediciones de castigo. Además muchos estados helénicos se doblegaron ante el Gran Rey, que pedía como señal de sumisión a toda polis “la tierra y el agua”. Solo Atenas y Esparta, según Heródoto, y por supuesto alguna polis más, se negaron a aceptar el dominio persa.

Temístocles, uno de los personajes más clarividentes de la época, fue elegido arconte en 492 a. C., que comenzó a fortificar la el Pireo (el puerto de Atenas) y a construir una gran flota que hiciera frente a los persas. Junto a él estaba Milcíades, otro de los grandes personajes de esta época, que contaba con el apoyo de terratenientes y hoplitas (el grueso del ejército terrestre básicamente) Ambos estaban de acuerdo en defender la posición frente al invasor, esperarle y atacarle donde más le doliera: en un terreno donde el ejército terrestre persa no pudiera hacer maniobrar colectivas.

El siguiente escenario de la guerra se libraría en la llanura de Maratón, precisamente uno de esos terrenos escarpados típicos de la geografía griega. La idea de desembarcar ahí para llegar hasta Atenas fue de Hipias, el último tirano de Atenas, que sin duda pedía venganza. Mientras la flota persa deambulaba por el Egeo sembrando el caos, veinte mil infantes persas (entre ellos los selectos “inmortales”) y un gran grueso de caballería bajo el mando de Dati, Artafernes y el propio Hipias llegaron con el proposito de someter a todo griego que se les opusiera. Atenas estaba sola, ya que Esparta y el estúpido rey que en ella gobernaba, Cleómenes, no marchó a la guerra con la excusa de la celebración de la Karneia. Diez mil hoplitas atenienses, unos mil plateos (los únicos que ayudaron a Atenas) y algunos destacamentos de infantería ligera, bajo el mando del arconte polemarco Calímaco y los estrategos Milcíades, Arístides y Temístocles, se postraron ante las fuerzas persas. Todo griego armado corrió sin descanso hasta los persas, para así evitar sus flechas, envolviéndolos por los flancos arrinconándolos frente al mar. Los persas, al no poder utilizar su caballería, huyeron a las galeras y se retiraron. Victoria. Victoria fue lo que gritó Filípides antes de morir exhausto tras recorrer los 42 km. que distaban desde Maratón a Atenas. Los espartanos, por cierto, llegaron cuando todo acabó, tras el plenilunio.

Sin duda esta victoria sin parangón quedo en la memoria colectiva y significó la gloria para los vencedores y vergüenza para los persas.

 

Muerto Darío en 486 a.C. sin ver conseguidos sus objetivos, fue sucedido por su hijo Jerjes, que en 485 a. C. formó un gran ejército para la total invasión de Grecia. En total unos 150 y 260.000 soldados fueron reunidos, 1.700.000 según Heródoto.

La relativa paz conseguida por los héroes de Maratón (varios de ellos por cierto, como Arístides y Milcíades, fueron condenados al exilio mediante el ostracismo) llegaba a su fin. En 481 el nuevo rey de Esparta, Leónidas (Cleómenes fue depuesto a petición popular) se congregó junto con todas las polis griegas para decidir que hacer. La verdad es que la reunión fue un tremendo fracasó, las querellas y egoísmos de las polis impidieron el consenso entre ellas. Pese a esto, por lo menos 31 polis se aliaron frente a al invasor, que ya había cruzado el Helesponto y se dirigía directo hacia ellos. Un año mas tarde, en el siguiente congreso se aprobó el plan a seguir: Leónidas marcharía con diez mil hoplitas para cortar el paso del Gran Rey entre Macedonia y Tesalia.

Y así ocurrió, frente al desfiladero de las Termópilas, de tan solo 15 metros, 3100 peloponesios (de entre ellos los famosos 300 espartanos) 1000 focididos, 700 tespios, 400 tebanos y 1000 locrios frenaban el avance persa, junto con el apoyo de la flota griega desde el cabo Artemision. Pero llegó el desastre. Jerjes consiguió rodear y atacar por la espalda a las fuerzas defensoras (según la leyenda a causa del traidor Efialtes) Leónidas, en un acto de extremada valentía y devoción, junto con sus 300 fieles espartanos, se quedaron luchando hasta la muerte para así permitir la retirada del resto del contigente griego. La flota también marchó hacia el sur al ver que no había nada que hacer.

 

 

Nada impedía que el Gran Rey llegara a Atenas, que procedió a evacuar a sus ciudadanos. Tras varias discusiones sobre el que hacer, Temístocles apostó la flota en la isla de Salamina, donde masacró increíblemente a la flota del Gran Rey, que veía desde tierra como 200 naves eran enviadas al fondo del mar. Jerjes, desolado, emprendió el camino de vuelta a casa.

Solo quedaba Mardonio, que con su ejercito personal más el reclutado de las polis sumisas prosiguió la invasión con el objetivo de llegar al istmo de Corinto. En la primavera de 479 a. C. Mardonio procedió al asalto final. Pero una vez más, el coraje espartano y el impulso del pueblo griego prevalecieron ante los persas. Un poderoso ejército, venido de las 31 polis aliadas ( y esta vez 10.000 espartanos )  al mando de Pausanias derrotó a los persas en Platea, muriendo el mismísimo Mardonio. Sin él, el ejército persa huyó en desbandada hacia oriente. Poco más tarde, el rey espartano Leotíquides y Jantipo (el padre de Pericles) reconquistaron las islas Cícladas (tomadas por Darío) y derrotaron a la flota persa en Mícale, tras lo cual tomaron el Helesponto, cortando el paso de los persas a Grecia. La guerra había acabado y a pesar de las diferencias entre las polis, un sentimiento panhelénico recorrió los corazones de todo ciudadano que lucho por defender su hogar. A partir de este momento surgiría un nuevo orden y nuevas alianzas, quedándose las polis de Esparta (mayor potencia terrestre) y Atenas (mayor potencia marítima) como potencias hegemónicas que, tarde o temprano, habrían de resolver sus diferencias en el campo de batalla, como así ocurrió en la guerra del Peloponeso.

 

Gracias JjKhaine por el reportaje

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